viernes, 17 de julio de 2009

Mis experiencias en la Selva del Amazonas

Cuando me señalaron en el mapa de Venezuela el lugar a donde debía ir, me dió escalofríos. Nunca había rehuido a ningún reto durante mi vida, ahora tampoco lo haría. Necesitaba cumplir con ése requisito para poder entrar al post-grado de Cardiología y haría lo que fuere necesario para ello. No lo pensé ni un minuto, dije que sí. Pero estuve llorando durante el resto del día y la noche porque debía abandonar otra vez a mi mujer y mis hijos, y en esta ocasión por un largo año.
Era un poblado del sur del Amazonas de Venezuela llamado Maroa que está situado a medio grado del ecuador terrestre, cuyas temperaturas oscilan siempre alrededor de 40º centígrados y que con excepción de otro poblado llamado San Carlos de Rio Negro, es el lugar más alejado hacia el sur de este país. En éste San Carlos de Rio Negro, trabajó como maestro nuestro Padre de la Patria Juan Pablo Duarte durante una parte de su exilio en Venezuela. Hay allí -en su honor- un busto suyo y una calle con su nombre.

Desde Caracas debí abordar un jet durante 1 hora hacia Puerto Ayacucho, capital del Estado Amazonas y luego al día siguiente, montar una avioneta monomotor durante 1 hora y media hasta llegar al lugar asignado por el Ministerio de Salud.

Maroa está situado al borde del Rio Guainía, afluente del Rio Negro, en la frontera con Colombia y muy cerca del Brasil, en lo más profundo de la selva. Me recibieron con alegría porque hacía dos años que no habían tenido médico en el lugar, el último lo fue la Dra. Raiza Ruiz Guevara, la cual sobrevivió milagrosamente a un accidente aéreo en el que murieron todos, excepto ella, la cual fue rescatada una semana después de suspendida su búsqueda, por unos lugareños que cazaban por la zona.

Tuve la oportunidad de conocerla personalmente, pues durante las fiestas patronales volvió al lugar a agradecer todo lo que habían hecho por ella.

Me presenté donde el comandante de la Guardia Nacional del lugar y me puse a sus órdenes. Para ese entonces, los habitantes de Maroa sumaban unas 450 personas.

Allí conocí enfermedades que no vemos con frecuencia por estos lares. Tratar a alguien de miasis humana (gusanos en la piel), nigua en los pies, picaduras de serpientes venenosas o de arañas o de alacranes, flechaduras en el cuerpo, paludismo, leishmaniosis, enfermedad de Chagas o lepra, era cosa frecuente.

La comunicación se hace por numerosos ríos y caños. No hay carreteras, pues casi todo se inunda durante los meses de lluvias. Me trasladaba una vez por semana, río arriba o río abajo, a los poblados cercanos a visitar los pacientes enfermos, montado en la proa de un bote metálico llamado por ellos voladora, cuyo conductor era una persona que curiosamente tenía por nombre lo que yo llevo de apellido; se llama Santana Macuribana.

Durante mi pasantía por allí comí todo lo que humanamente puede comer una persona : hormigas, culebras, tapires, pecarís, armadillos, colas de caimanes, iguanas, chigüires, venados, lapas, tortugas, delfines, pirañas, osos hormigueros, arañas y monos. Todos cocinados y sazonados a su manera, acompañados de cazabe, almidón, mañoco o catara, que son subproductos extraídos de la yuca.

Tuve la suerte de participar en sus fiestas patronales, las cuales son dirigidas por 30 Yuices (los dueños de la fiesta), cuya función es organizar y mantener el orden durante las mismas. Cualquier violación a sus reglas se paga mediante diferentes tipos de multas. Una de ellas es amarrar el violador al Matro, que es un palo muy alto que se clava en el centro del poblado y se adorna con frutas de arriba abajo y los dueños de la fiesta (los 30) obligan al violador a tomarse un trago de alcohol, suministrado uno por uno, hasta quedar totalmente borracho. A mí casi me multan porque resulta, que un mono mío, llamado Sebastián, se subió al palo de madrugada, y por alcahuetería -que no por hambre- tumbó decenas de guineos y otras frutas y dejó al Matro casi pelado (cosa grave). Me salvé porque me protegía una regla que decía que se exoneraba de multas al que hubiese estado presente el día de la ceremonia en que se sube el Matro. Yo demostré que estuve allí ese día, pero tuve que pagar 300 bolívares de multa.

Para contar lo que pasé durante ése tiempo se gastarían decenas de páginas, pues la aventura y el peligro siempre acechantes, producen situaciones a veces cómicas, otras de pánico, en ésa inmensa región.



Pero la experiencia ganada por mí fue superior a todo sacrificio, por lo que no me arrepiento de haber convivido y servido durante un año a gentes tan simples y maravillosas como los son los pobladores de Maroa en el Estado Venezolano de Amazonas.


rafelsantana@codetel.net.do

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